
Buenos días Madrid, cuatro y media de la mañana, una copa menos en Canarias. El despertador ha hecho honor a su nombre y nos desvela a mis padres y a mí, aunque me temo que el único que dormía plácidamente era yo. Desde que mi madre se enteró de que su pequeño polluelo iba a dejar el nido y el cobijo de sus plumas, no ha dejado de estar inquieta, al principio incrédula y finalmente consternada profundamente. Mi padre en cambio, siempre más racional, esperó al último momento para mostrar sus sentimientos. Los entiendo y comparto su pena pero todos sabemos que tarde o temprano esto tenía que pasar. De un modo u otro. Y aquí voy a relatar de qué modo.
Ya no recuerdo la primera vez que la idea de pasar una larga temporada en el extranjero agitó mi mente. De lo que no cabe duda es de que la agitó. Con vigor. La idea me llevó a viajar bastante antes de los diez y ocho tomando el gusto a conocer nuevos lugares, apreciando la sensación de libertad. Y hablando de libertad, no puedo evitar recordar el hormigueo que recorrió mi cuerpo encrespando el vello de lo que me pareció toda mi piel.Después de despedir a mis padres con los ojos a punto de tormenta, pasé el control de equipaje de mano y cambié unos cuantos euros. Extrañamente, hasta aquí nada nuevo. En el control una mirada atrás y mis padres aún estan observándome, la misma mirada minutos después, con la moneda extranjera entre mis dedos y ya no están. No le daba importancia entonces pero la imagen de ese lugar detrás de la cinta de seguridad vacío, está aún cuajando en mi subconsciente. Todavía me esperaba otro control. Enseño el pasaporte, el agente cruza una mirada inquisitiva conmigo y me autoriza el paso. Unos cuantos pasos más y entonces es cuando lo noto. Una especie de vacío como si dejaras de respirar por un segundo y una sensación de libertad muy distinta a las demás. Esta vez mezclada con incertidumbre, que no es otra cosa que miedo a lo desconocido. No dura nada, pero lo suficiente como para estar alerta incluso habiendo dormido cuatro horas.