viernes, 31 de julio de 2009

Cuestiones sobre el amor

Las relaciones de pareja siempre nos han resultado un misterio a resolver. Conocer todos sus secretos, desde los más insignificantes hasta los que derivan en que dos personas se atraigan y sin embargo, poco entendemos muchas veces y por mucha experiencia que vayamos obteniendo. Cada situación es distinta y poco podemos saber de lo que pasará en el futuro.
Acerca de esto se podría hablar de miles de cosas, todos hemos tenido charlas con los amigos y pocas son las conclusiones certeras que obtenemos. Hoy aquí, entre las dos y las tres de la mañana, me gustaría acercarme a esta pregunta ¿qué te gusta de mí? Quién no se ha sentido alguna vez bajo el peso de esta pregunta y cuántas veces no se ha comentado lo difícil que puede ser responderla. No quiero hacer diferencia de sexos pero empecemos por el caso en el que la chica pregunta al chico.

Me gustan tus ojos, tu mirada, tu piel, tus labios, tu cuerpo, tu sonrisa, tu pelo, tus manos, tu forma de andar, de vestir... Y si nos quedamos ahí, no nos faltaría razón, pero la chica en cuestión reiteraría no se sabe si confundida o intrigada, tal vez ambas cosas, tal vez enfada, o con la esperanza de obtener una respuesta ideal o utópica. De modo que reitera la pregunta, sí, ¿pero que te gusta de MÍ? Como si todas esas cosas no fueran parte de ella. El chico queriendo salir de semejante encrucijada y con la pista de que la respuesta debe ser algo profundo y romántico responde ilusionado: me gusta tu humor, la manera en que me haces sentir cuando estoy contigo, porque me siento ilusionado por la vida, siento que encajo y que no hay otro lugar mejor donde pudiera estar que a tu lado, me gusta ser parte de ti y que tú seas parte de mí, en definitiva, me gusta tu forma de ser. Y si bien es algo que siente y que le sale de lo más profundo de su alma, ella le responde: eso lo sé, pero de MÍ qué es lo que te gusta. Y ahí ya estamos perdidos. Nada la satisface, cualquier cosa que digas no alcanzará ni de lejos sus espectativas. Los chicos tenemos una perspectiva muy diferente y es muy complejo llegar a la conclusión de lo que realmente quiere oir. No es que nos tengamos que inventar nada, lo que nos gusta de ella y a la vez, lo que ella quisiera escuchar, es lo mismo, pero no lo sabemos ver y el precio a pagar puede ser alto. No existe manera alguna de dar una receta para aprender a responder esta pregunta. Algunos se salen por la tangente y son graciosos, otros se vuelven gallegos y consiguen responder con la misma pregunta, pero siempre nos llevará a una situación indeseable. Lo único que podemos hacer es responder con sinceridad y desde lo más hondo, cada chica es un mundo y será imposible acertar, pero si lo haces con el corazón en la mano y te quedas a gusto contigo mismo, nada puede ir mal.

En el caso contrario me imagino la conversación.
Chico: ¿Qué te gusta de mí?
Chica: ¡Ay! Ya estás ñoño otra vez...
Pero en el fondo nos gusta oir lo mismo que a vosotras, ¿o qué os pensábais?

Yo por mi parte, nunca hago esa pregunta y si tengo que responderla, no me quiero repetir.

miércoles, 15 de julio de 2009

la golondrina

Una noche más, entre las dos y las tres, mi mente se evade y vuela cual golondrina en la mañana, atravesando mundos de fantasía e ilusión, revoloteando entre los muros que la protegen y la dan cobijo. A veces me pregunto cómo se siente ese pequeño ser alado, esbelto y diestro en el arte del sustento ingrávido, capaz de esquivar y maniobrar a gran celeridad sin apenas inmutarse. Planeando, girando, frenando en seco en el nido bajo una cornisa, diminuto y casi indistinguible del resto. La golondrina se escapa de las manos del cazador porque es pequeña y ágil surcando los cielos, dando envidia a las nubes, amenazando con no volver a pisar tierra firme. La golondrina es poderosa desde las alturas, pero débil y torpe en la superficie, fácil de atrapar, da pasos muy cortos incapaz de coger velocidad suficiente para desplegar semejantes alas, desmesuradamente grandes para el pequeño cuerpo de huesos huecos y músculos de filamentos finos de fibra. Una pequeña cabeza con un pico proporcionado le da un toque de distinción y belleza, despierta en el observador la sensación de estar viendo una máquina perfectamente aerodinámica adaptada a través de miles de generaciones para la supervivencia. Pero si algo distingue a la golondrina del resto, es su cántico matinal, es el sonido del pueblo donde crecieron nuestros padres, donde viven nuestros abuelos, es mágico, envolvente, y sobretodo, embriagador.

Yo tuve una golondrina. La encontré sin buscarla, me aceptó sin palabras y la adopté celosamente. Me sorprendió verla caminando a mi lado, sin cantar ni volar, ni siquiera intentarlo. Nunca sabré hasta qué punto hirieron a mi golondrina, tampoco me interesé en preguntárselo demasiado. Tal vez fue su mirada, sus andares, su pico de loro con lengua de serpiente, me hipnotizó por completo sin darme cuenta, quizá las ganas de verla volar me hacían no querer despegarme de ella. Tal vez las ganas de oírla cantar me hacían desear que fuera una golondrina totalmente feliz. La acogí en mi regazo y le di todo lo que pensé que necesitaba. Pronto los mimos dieron sus frutos y la pequeña criatura voladora empezó a piar tan alegre que se me inundó el corazón de dicha bombeando litros de sangre caliente que no hacían más que despertar todas las partes de mi cuerpo creando una sensación de bienestar adictiva que nunca antes había experimentado. Incluso de vez en cuando aleteaba a pocos centímetros del suelo. Yo le tenía un nido cómodo, caliente y placentero, y ella, mi golondrina, no podía ser más feliz, no se alejaba mucho de mí y siempre cantaba y aleteaba fortaleciendo sus alas a la vez que su felicidad. Poco a poco fue haciendo vuelos más altos y largos y cuánto más lejanos eran más deseaba volver a volar. Una cierta pesadumbre se apoderaba de los cánticos eventualmente, aunque pronto volvía a su melodía habitual. Sin embargo, los vuelos cada vez eran más frecuentes y las melodías más oscuras. Las nubes reclamaban su presencia en los cielos y la bandada su aportación a la orquesta matinal. Aún tengo su nido preparado para cuando vuelva, caliente y confortable, pero si no le gusta, cuando vuelva podemos hacer uno nuevo, entre los dos, para que pueda ser feliz tanto en el nido como en los cielos y allá donde quiera ir.