Ay! mi niña, mi dulce e inocente muñequita;
Fuiste todo, el día, la noche, la luna que iluminó mis sueños de adolescente, el futuro y el presente.
Tocaste mi alma, mi mente, mi corazón, horadaste en mí tu refugio, tu morada, paredes de felpa, suelo de lino, techo de terciopelo y cerraste la puerta de piedra y las ventanas de ladrillo. Asediaste mi vida.
Ay! mi niña, mi dulce e inocente muñequita;
Miraste para otro lado, lo que parece un segundo, por un momento. Fue suficiente y vino el silencio, el lúgubre y oscuro silencio, la distancia y el dolor. No amanecía el día y la luna solo iluminaba el pasado.
Tu refugio, tu morada, de recuerdos amueblada, ambientada por la música ténue de unos sueños ensordecidos por las turbulentas olas del mar.
Ay! mi niña, mi dulce e inocente muñequita;
Volviste inesperadamente, parece amanecer el Sol resplandeciente, la luna centellea débilmente. Quieres entrar pero es tan pesada la puerta e inmóviles los ladrillos, la música intensifica pero reverbera con los obstáculos del presente.
Te vas, pero no te despides.
Ay! mi niña, mi dulce e inocente muñequita;
Por primera vez te pido, porque no sé qué viene después, que este párrafo me escribas.