sábado, 17 de julio de 2010

Sueño londinense - 1


Buenos días Madrid, cuatro y media de la mañana, una copa menos en Canarias. El despertador ha hecho honor a su nombre y nos desvela a mis padres y a mí, aunque me temo que el único que dormía plácidamente era yo. Desde que mi madre se enteró de que su pequeño polluelo iba a dejar el nido y el cobijo de sus plumas, no ha dejado de estar inquieta, al principio incrédula y finalmente consternada profundamente. Mi padre en cambio, siempre más racional, esperó al último momento para mostrar sus sentimientos. Los entiendo y comparto su pena pero todos sabemos que tarde o temprano esto tenía que pasar. De un modo u otro. Y aquí voy a relatar de qué modo.
Ya no recuerdo la primera vez que la idea de pasar una larga temporada en el extranjero agitó mi mente. De lo que no cabe duda es de que la agitó. Con vigor. La idea me llevó a viajar bastante antes de los diez y ocho tomando el gusto a conocer nuevos lugares, apreciando la sensación de libertad. Y hablando de libertad, no puedo evitar recordar el hormigueo que recorrió mi cuerpo encrespando el vello de lo que me pareció toda mi piel.Después de despedir a mis padres con los ojos a punto de tormenta, pasé el control de equipaje de mano y cambié unos cuantos euros. Extrañamente, hasta aquí nada nuevo. En el control una mirada atrás y mis padres aún estan observándome, la misma mirada minutos después, con la moneda extranjera entre mis dedos y ya no están. No le daba importancia entonces pero la imagen de ese lugar detrás de la cinta de seguridad vacío, está aún cuajando en mi subconsciente. Todavía me esperaba otro control. Enseño el pasaporte, el agente cruza una mirada inquisitiva conmigo y me autoriza el paso. Unos cuantos pasos más y entonces es cuando lo noto. Una especie de vacío como si dejaras de respirar por un segundo y una sensación de libertad muy distinta a las demás. Esta vez mezclada con incertidumbre, que no es otra cosa que miedo a lo desconocido. No dura nada, pero lo suficiente como para estar alerta incluso habiendo dormido cuatro horas.

martes, 18 de mayo de 2010

A los hijos del Consciente

Los profetas de la antigüedad aseguraron ser los portadores de la palabra de Dios, los elegidos para escuchar a un ser todo poderoso, pero no siempre fue el mismo ni tampoco único. Aquél que susurraba a veces decía cosas muy extravagantes y excéntricas, y los transmisores de semejantes mensajes eran automáticamente discriminados y tratados como escoria social. No mejor suerte disfrutaron los que transmitieron mensajes sensatos y tan justos para la moral de la época que consiguieron movilizar masas, incluso civilizaciones, creando seguidores gracias a la herencia oral. Pero no es de religiones de lo que quiero hablar.

¿Quién te susurra a ti?

Todos tenemos una voz interior, una conciencia pero que no es externa a nosotros. Aunque si esa conciencia tuviera ideas o ideologías tan creativas y brillantes como en la antigüedad podríamos pensar que no son propias. Y si estuviéramos convencidos de que si todos pensaran igual cambiaríamos el mundo para mejor, inventaríamos cualquier excusa para que el resto nos creyera. Pero de nuevo, no quiero hablar de religión.

¿Cuál fue tu última idea brillante?

Todos nos regimos por unos principios básicos y sobre ellos organizamos toda una estructura auxiliar de principios menos básicos hasta que alcanzamos un nivel de principios que casi definen por completo nuestra conducta, desde lo que nos parece justo o mal, hasta si preferimos el café con leche o cortado. Lo que obtenemos al final es una forma de ser, un carácter, pero si nos quedáramos ahí no llegaríamos a ninguna conclusión. A parte del carácter, lo que nos hace únicos e impredecibles son nuestras excentricidades.

¿Cuándo escapaste de la rutina por última vez?

La evolución del pensamiento siempre ha sido un hermanamiento entre locura y estudio. Que yo me esté volviendo loco puede que no sea tan malo. Incluso puede que sea una muestra de divinidad, en el más amplio sentido de la palabra. En este sentido necesitamos más locos, personas que escuchan lo que un ser todo poderoso tiene que decirles. Ya no nos detenemos a pensar, simplemente hacemos lo que hemos decidido que era lo correcto y sin salir de nuestros propios esquemas. Escucha. Párate un segundo y mira a tu alrededor.

¿Qué ves?

Es difícil cambiar todo de golpe, pero podemos empezar ahora por una pequeña tabla con diez sugerencias. Todo es posible. Cada uno tendrá las suyas, escríbelas, ejecútalas. ¿Tan fácil? No veo porqué no. Yo tal vez el próximo día que alguien me pregunte la hora le diré la hora que realmente me gustaría que fuera. Si me pregunta cómo ir a algún sitio, le acompañaré en lugar de darle vagas indicaciones. Si encuentro alguien leyendo un libro que ya he leído iniciaré una conversación acerca de él. Me levantaré un por la mañana a ver amanecer, me sentaré en una silla de jardín en el centro de la Gran Vía de Madrid, un día de diario. Escribiré un poema y lo leeré en alto cuando los que están a mi alrededor menos se lo esperen o para detener una discusión. Le tocaré el culo a una abuelita después de ayudarle a cruzar la calle. Haré las paces con mi archienemigo de la infancia y retomaré el contacto con mi mejor amigo. Desafiaré las leyes de la gravedad en todas las formas que sea capaz. Volveré a escribir sobre el amor, aprenderé a tocar un instrumento musical y diré la cruda verdad durante toda una semana sin dudar.

Todas estas tonterías son fáciles de conseguir pero pueden ayudarnos para que en el momento en el que tengamos que tomar decisiones realmente importantes hayamos aprendido que si no nos arriesgamos y tomamos a veces la salida más extravagante nunca nos haremos genuinos.

¿Sigues tu propia religión?

jueves, 1 de abril de 2010

Siempre el viaje

El tercer día del quinto mes de un año nefasto, que recuerdo con nitidez cristalina, una tormenta de preguntas pusieron al retortero la clarividencia de una vida futura. Lo que eran imágenes brillantes en un cuarto oscuro, teñidas de colores sepia y magenta, se quemaron en un sólo instante y en un millar de centelleantes migajas se fueron perdiendo en el humo aún caliente de una llama inesperada. Y esta última noche del tercer mes de un año apenas sangrando una de aquellas preguntas vuelven a mi mente, tal vez no la más importante, ni la más trascendente, sino la que tropieza con mis sueños e ilusiones con más frecuencia. ¿Soy yo quien dirige mi vida? Esta no es más que una de las múltiples maneras de preguntarse si existe un destino predefinido, pero yo no quiero ir tan profundo en los telares de la filosofía.

Paseando por la playa una noche de luna llena los ojos me empezaban a llorar de la brisa salada, los pies desnudos sobre la arena se estremecían a cada paso estrujando conchas medio rotas. Las luces de los edificios habían quedado tiempo atrás y el suspiro de la ciudad había dejado de mezclarse con el sórdido murmullo de las olas pero no dí la vuelta. Continué marcando la orilla con mis pisadas que pronto se desvanecían bajo la espuma, "supongo que sabré volver" pensaba con sonrisa nostálgica. No era la primera vez que lo hacía ni sería la última, pero en este caso iba sólo. La ténue claridad en el horizonte avanzó inexorable hasta alcanzarme entre un desierto de arena y uno de agua.

Montado en una bicicleta y pedaleando con las chanclas de piscina, decidí salir a dar un corto paseo antes de comer. En verano las mañanas pasan volando cuando no ves cómo empiezan. Cuando llegué al final de mi calle pensé que quizás podría ir al final de la manzana. Allí decidí que tenía tiempo para ir al final de la playa. Una vez acabado el paseo marítimo pensé que si había llegado hasta allí podría seguir hasta el siguiente pueblo. Un pequeño pueblo costero en la falda de una montaña de mediana altura que casi me retaba con su perfil altivo. Ascendí por un camino utilizado anteriormente por grandes máquinas y decidí ver a dónde conducía el camino. La mina era un auténtico valle entre paredes rocosas. Giré un segundo la mirada de aquella herida casi atormentado y observé el mar, pero aún las copas de los árboles me privaban del cuadro completo y opté por continuar ascendiendo por un escarpado y estrecho camino. Aún no había llegado a la cumbre cuando el paraje se abrió definitivamente ante mí. No sé cuánto tiempo estuve observándolo pero las sombras de los árboles parecían abrazarme por segundos y pronto la noche calló sobre mí.

Nada me privó de andar por la playa hasta el amanecer, ni de ascender la montaña hasta el anochecer. Lo que me empujó a hacerlo es quizá lo mismo que no me lo impidió, en cualquier momento pude haber cambiado el rumbo, sin embargo elegí avanzar, sin miedo al camino de vuelta, que es lo único que nos puede mantener atados al pasado. Glorioso viaje.

miércoles, 20 de enero de 2010

Retrato de mi abuela

Mi abuela en 2007Mi abuela hace 3 años
Mi cumpleaños es sólo un día antes que el de mi abuela, pero ella nació hace casi 90 años. A diferencia de mí, llevó una vida de austeridad obligada la mayor parte de su vida, y de austeridad acostumbrada, lo que le queda. Ella dice que "semos lo que comemos"; mi abuela come poco, en realidad "poco", es decir poco. Pero no por ello nos encontramos ante una mujer vacía, sin embargo, no sabe leer su propia sabiduría. Puedes oírla cantar coplas que se han ido transmitiendo de padres a hijos generación tras generación durante siglos. Sabiduría popular atemporal sin duda. No tiene una memoria prodigiosa, pero lo que más recuerda es de cuando era joven, es decir, más joven que ahora; de los juegos y de los cantos que les acompañaban, escucharla durante unos minutos es como viajar en el tiempo. Su idioma lo llamaríamos vulgar o inculto, pero no lo es. Es exactamente lo que hablaban sus padres y lo que enseñó a sus hijos, un dialecto del español que compartía con muchos de sus coetáneos y que era tan válido y perfecto como cualquier otro idioma. "Esta noche es Nochigüena" no deja de ser una descripción perfecta, para el que lo entienda, de qué día es hoy. Mi abuela no tiene achaques, tiene esparavanes. ¡Esparavanes! Bella palabra de un español digno de Cervantes que probablemente mi abuela nunca haya visto escrita. Porque aprendió y enseñó por ósmosis. Cuando visitas el pueblo un par de veces al año, pasas la mayor parte de tu tiempo con un grupo muy reducido de personas, es normal que las enseñanzas pasen de boca en boca y que las formas de trabajar y vivir no cambien. No entiende el presente pero tampoco le hace falta.

Con su padre pasaba largas temporadas en los prados y las montañas cuidando de las cabras sin a penas nada que comer, bebiendo leche y a veces, friendo leche. Siempre cuenta que su padre apelmazaba el requesón para quitarle el suero y echarlo a la sartén llena de aceite, "un manjar, aquello estaba riquísimo". La otra parte del año la pasaba arando, cogiendo aceitunas y recogiendo la siembra. "Pasábamos fatigas pero éramos felices y nos divertíamos mucho" se la oye decir cuando se pone melancólica.
Cuando conoció a mi abuelo todo cambió, no porque se casara con él, que no, eso vendría después, sino porque estalló la guerra civil. En zonas como en la que vivía mi abuela sólo se sabía que estaban en guerra porque los mozuelos fueron llamados a filas, incluido el que sería mi abuelo. La relación que tuvieron aquellos tres años fue a distancia. Algunas cartas, y alguna tormentosa visita. De echo, cuatro días de viaje separaban a mi abuela de su novio montada en una mula, bebiendo agua de casi cualquier sitio. Cuenta que muchas veces tenían que coger agua usando un paño de lino para que filtrara el fango y las sanguijuelas. Parando a comer en los lagares y sufriendo el cansancio para que cuando llegaran a Martos se encontraran bajo las bombas que dejaba caer la aviación enemiga. Pero la alegría que llevaban en forma de jamón, queso, vino, mantecados y otros tesoros prohibidos no tenía parangón.

Acabada ya la guerra y tras una sencilla ceremonia de boda, no fueron de luna de miel, ni tenían casa propia donde vivir, sino que juntos sirvieron en un cortijo de una familia acomodada, trabajando para ellos, el campo y las bestias, por un porcentaje a veces insuficiente. Mi abuela fue la que amamantó a varios de los hijos de los dueños del cortijo, para eso no hay sueldo que valga.
Luego de pasar toda su vida trabajando, tuvo que cuidar de su suegra, que como es de esperar, era una arpía, y no descansó de todas sus obligaciones hasta que ya era casi tan mayor como lo es ahora. Fue entonces cuando mi abuelo enfermó de manera que no pudieron disfrutarlo juntos. Y ahora, se deja cuidar por sus hijos que la quieren y la aprecian.

No sabríamos decir mirándola ahora, si ha desperdiciado su vida, o en realidad, somos nosotros los que vivimos de manera tan alejada del modo en que ella vivió, que no entendemos la felicidad que se puede alcanzar al trabajar para sobrevivir, producir tus propios alimentos, intercambiar tus productos por otros, y en definitiva, participar del proceso de la supervivencia sin intermediarios.