Los profetas de la antigüedad aseguraron ser los portadores de la palabra de Dios, los elegidos para escuchar a un ser todo poderoso, pero no siempre fue el mismo ni tampoco único. Aquél que susurraba a veces decía cosas muy extravagantes y excéntricas, y los transmisores de semejantes mensajes eran automáticamente discriminados y tratados como escoria social. No mejor suerte disfrutaron los que transmitieron mensajes sensatos y tan justos para la moral de la época que consiguieron movilizar masas, incluso civilizaciones, creando seguidores gracias a la herencia oral. Pero no es de religiones de lo que quiero hablar.
¿Quién te susurra a ti?
Todos tenemos una voz interior, una conciencia pero que no es externa a nosotros. Aunque si esa conciencia tuviera ideas o ideologías tan creativas y brillantes como en la antigüedad podríamos pensar que no son propias. Y si estuviéramos convencidos de que si todos pensaran igual cambiaríamos el mundo para mejor, inventaríamos cualquier excusa para que el resto nos creyera. Pero de nuevo, no quiero hablar de religión.
¿Cuál fue tu última idea brillante?
Todos nos regimos por unos principios básicos y sobre ellos organizamos toda una estructura auxiliar de principios menos básicos hasta que alcanzamos un nivel de principios que casi definen por completo nuestra conducta, desde lo que nos parece justo o mal, hasta si preferimos el café con leche o cortado. Lo que obtenemos al final es una forma de ser, un carácter, pero si nos quedáramos ahí no llegaríamos a ninguna conclusión. A parte del carácter, lo que nos hace únicos e impredecibles son nuestras excentricidades.
¿Cuándo escapaste de la rutina por última vez?
La evolución del pensamiento siempre ha sido un hermanamiento entre locura y estudio. Que yo me esté volviendo loco puede que no sea tan malo. Incluso puede que sea una muestra de divinidad, en el más amplio sentido de la palabra. En este sentido necesitamos más locos, personas que escuchan lo que un ser todo poderoso tiene que decirles. Ya no nos detenemos a pensar, simplemente hacemos lo que hemos decidido que era lo correcto y sin salir de nuestros propios esquemas. Escucha. Párate un segundo y mira a tu alrededor.
¿Qué ves?
Es difícil cambiar todo de golpe, pero podemos empezar ahora por una pequeña tabla con diez sugerencias. Todo es posible. Cada uno tendrá las suyas, escríbelas, ejecútalas. ¿Tan fácil? No veo porqué no. Yo tal vez el próximo día que alguien me pregunte la hora le diré la hora que realmente me gustaría que fuera. Si me pregunta cómo ir a algún sitio, le acompañaré en lugar de darle vagas indicaciones. Si encuentro alguien leyendo un libro que ya he leído iniciaré una conversación acerca de él. Me levantaré un por la mañana a ver amanecer, me sentaré en una silla de jardín en el centro de la Gran Vía de Madrid, un día de diario. Escribiré un poema y lo leeré en alto cuando los que están a mi alrededor menos se lo esperen o para detener una discusión. Le tocaré el culo a una abuelita después de ayudarle a cruzar la calle. Haré las paces con mi archienemigo de la infancia y retomaré el contacto con mi mejor amigo. Desafiaré las leyes de la gravedad en todas las formas que sea capaz. Volveré a escribir sobre el amor, aprenderé a tocar un instrumento musical y diré la cruda verdad durante toda una semana sin dudar.
Todas estas tonterías son fáciles de conseguir pero pueden ayudarnos para que en el momento en el que tengamos que tomar decisiones realmente importantes hayamos aprendido que si no nos arriesgamos y tomamos a veces la salida más extravagante nunca nos haremos genuinos.
¿Sigues tu propia religión?
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