jueves, 1 de abril de 2010

Siempre el viaje

El tercer día del quinto mes de un año nefasto, que recuerdo con nitidez cristalina, una tormenta de preguntas pusieron al retortero la clarividencia de una vida futura. Lo que eran imágenes brillantes en un cuarto oscuro, teñidas de colores sepia y magenta, se quemaron en un sólo instante y en un millar de centelleantes migajas se fueron perdiendo en el humo aún caliente de una llama inesperada. Y esta última noche del tercer mes de un año apenas sangrando una de aquellas preguntas vuelven a mi mente, tal vez no la más importante, ni la más trascendente, sino la que tropieza con mis sueños e ilusiones con más frecuencia. ¿Soy yo quien dirige mi vida? Esta no es más que una de las múltiples maneras de preguntarse si existe un destino predefinido, pero yo no quiero ir tan profundo en los telares de la filosofía.

Paseando por la playa una noche de luna llena los ojos me empezaban a llorar de la brisa salada, los pies desnudos sobre la arena se estremecían a cada paso estrujando conchas medio rotas. Las luces de los edificios habían quedado tiempo atrás y el suspiro de la ciudad había dejado de mezclarse con el sórdido murmullo de las olas pero no dí la vuelta. Continué marcando la orilla con mis pisadas que pronto se desvanecían bajo la espuma, "supongo que sabré volver" pensaba con sonrisa nostálgica. No era la primera vez que lo hacía ni sería la última, pero en este caso iba sólo. La ténue claridad en el horizonte avanzó inexorable hasta alcanzarme entre un desierto de arena y uno de agua.

Montado en una bicicleta y pedaleando con las chanclas de piscina, decidí salir a dar un corto paseo antes de comer. En verano las mañanas pasan volando cuando no ves cómo empiezan. Cuando llegué al final de mi calle pensé que quizás podría ir al final de la manzana. Allí decidí que tenía tiempo para ir al final de la playa. Una vez acabado el paseo marítimo pensé que si había llegado hasta allí podría seguir hasta el siguiente pueblo. Un pequeño pueblo costero en la falda de una montaña de mediana altura que casi me retaba con su perfil altivo. Ascendí por un camino utilizado anteriormente por grandes máquinas y decidí ver a dónde conducía el camino. La mina era un auténtico valle entre paredes rocosas. Giré un segundo la mirada de aquella herida casi atormentado y observé el mar, pero aún las copas de los árboles me privaban del cuadro completo y opté por continuar ascendiendo por un escarpado y estrecho camino. Aún no había llegado a la cumbre cuando el paraje se abrió definitivamente ante mí. No sé cuánto tiempo estuve observándolo pero las sombras de los árboles parecían abrazarme por segundos y pronto la noche calló sobre mí.

Nada me privó de andar por la playa hasta el amanecer, ni de ascender la montaña hasta el anochecer. Lo que me empujó a hacerlo es quizá lo mismo que no me lo impidió, en cualquier momento pude haber cambiado el rumbo, sin embargo elegí avanzar, sin miedo al camino de vuelta, que es lo único que nos puede mantener atados al pasado. Glorioso viaje.

1 comentario:

Pilar_RDT dijo...

Me gusta mucho como describes. Ha habido momentos en los que he pisado tu misma playa, y me he clavado en la planta de los pies algún tocito de conha rota.
Hacia atrás, ni para cojer impulso, cualquier tiempo futuro será mejor, porque ya nos encargaremos nosotros (que somos más viejos, y sinceros,) de hacerlo mejor.
Muy bueno Checa.
Por cierto? Casi tengo terminada la reforma del piso, en un par de meses te llamamos para que lo veas e invitarte a un cafe ok? Aunque siempre podemos quedar antes en otro sitio.
Besitos