miércoles, 20 de enero de 2010

Retrato de mi abuela

Mi abuela en 2007Mi abuela hace 3 años
Mi cumpleaños es sólo un día antes que el de mi abuela, pero ella nació hace casi 90 años. A diferencia de mí, llevó una vida de austeridad obligada la mayor parte de su vida, y de austeridad acostumbrada, lo que le queda. Ella dice que "semos lo que comemos"; mi abuela come poco, en realidad "poco", es decir poco. Pero no por ello nos encontramos ante una mujer vacía, sin embargo, no sabe leer su propia sabiduría. Puedes oírla cantar coplas que se han ido transmitiendo de padres a hijos generación tras generación durante siglos. Sabiduría popular atemporal sin duda. No tiene una memoria prodigiosa, pero lo que más recuerda es de cuando era joven, es decir, más joven que ahora; de los juegos y de los cantos que les acompañaban, escucharla durante unos minutos es como viajar en el tiempo. Su idioma lo llamaríamos vulgar o inculto, pero no lo es. Es exactamente lo que hablaban sus padres y lo que enseñó a sus hijos, un dialecto del español que compartía con muchos de sus coetáneos y que era tan válido y perfecto como cualquier otro idioma. "Esta noche es Nochigüena" no deja de ser una descripción perfecta, para el que lo entienda, de qué día es hoy. Mi abuela no tiene achaques, tiene esparavanes. ¡Esparavanes! Bella palabra de un español digno de Cervantes que probablemente mi abuela nunca haya visto escrita. Porque aprendió y enseñó por ósmosis. Cuando visitas el pueblo un par de veces al año, pasas la mayor parte de tu tiempo con un grupo muy reducido de personas, es normal que las enseñanzas pasen de boca en boca y que las formas de trabajar y vivir no cambien. No entiende el presente pero tampoco le hace falta.

Con su padre pasaba largas temporadas en los prados y las montañas cuidando de las cabras sin a penas nada que comer, bebiendo leche y a veces, friendo leche. Siempre cuenta que su padre apelmazaba el requesón para quitarle el suero y echarlo a la sartén llena de aceite, "un manjar, aquello estaba riquísimo". La otra parte del año la pasaba arando, cogiendo aceitunas y recogiendo la siembra. "Pasábamos fatigas pero éramos felices y nos divertíamos mucho" se la oye decir cuando se pone melancólica.
Cuando conoció a mi abuelo todo cambió, no porque se casara con él, que no, eso vendría después, sino porque estalló la guerra civil. En zonas como en la que vivía mi abuela sólo se sabía que estaban en guerra porque los mozuelos fueron llamados a filas, incluido el que sería mi abuelo. La relación que tuvieron aquellos tres años fue a distancia. Algunas cartas, y alguna tormentosa visita. De echo, cuatro días de viaje separaban a mi abuela de su novio montada en una mula, bebiendo agua de casi cualquier sitio. Cuenta que muchas veces tenían que coger agua usando un paño de lino para que filtrara el fango y las sanguijuelas. Parando a comer en los lagares y sufriendo el cansancio para que cuando llegaran a Martos se encontraran bajo las bombas que dejaba caer la aviación enemiga. Pero la alegría que llevaban en forma de jamón, queso, vino, mantecados y otros tesoros prohibidos no tenía parangón.

Acabada ya la guerra y tras una sencilla ceremonia de boda, no fueron de luna de miel, ni tenían casa propia donde vivir, sino que juntos sirvieron en un cortijo de una familia acomodada, trabajando para ellos, el campo y las bestias, por un porcentaje a veces insuficiente. Mi abuela fue la que amamantó a varios de los hijos de los dueños del cortijo, para eso no hay sueldo que valga.
Luego de pasar toda su vida trabajando, tuvo que cuidar de su suegra, que como es de esperar, era una arpía, y no descansó de todas sus obligaciones hasta que ya era casi tan mayor como lo es ahora. Fue entonces cuando mi abuelo enfermó de manera que no pudieron disfrutarlo juntos. Y ahora, se deja cuidar por sus hijos que la quieren y la aprecian.

No sabríamos decir mirándola ahora, si ha desperdiciado su vida, o en realidad, somos nosotros los que vivimos de manera tan alejada del modo en que ella vivió, que no entendemos la felicidad que se puede alcanzar al trabajar para sobrevivir, producir tus propios alimentos, intercambiar tus productos por otros, y en definitiva, participar del proceso de la supervivencia sin intermediarios.


1 comentario:

Pilar_RDT dijo...

En esta España del bienestar, no nos damos cuenta de que cada vez nos quedan menos abuelas, y ese es el bienestar que está abocado a perderse. Yo también tengo abuelas, dos, Rosario y Nives. Nieves tiene la edad de la tuya. Es más callada y distraida. Rosario tiene 77 años y le encanta hablar, contar historias, como tu abuela, hacerte reflexiones, y dejar en este mundo su pequeña semilla de reflexión para las que, si por le y de vida es, nos quedan más añor por vivir. Abuelos ya no tengo. Mi abuelo Natalio, (el de Nieves) murio el pobre de viejo con casi 90 años. Santiago no. El murio como tu abuelo, con 74, en la flor de su vida, cuando mi abuela y el por fin disponían de la libertad y comodidades para disfrutar de la vida. Y les gustaba disfrutar de ella. Una pena, el cancer, ya sabes. Mi abuela sigue llorando cuando habla de ello.
En fin, que yo también he llorado leyendo tu texto, me has trasladado a otros tiempo, otra tierra, otra gente, y sin darme cuenta, me he encontrado con mi gente.
Precioso Checa, magnifico.
Un besote!