martes, 1 de marzo de 2016

Una noche más

Una noche más, entre las dos y las tres, esta vez no estoy jugando a algún juego de ordenador, sorprendentemente. Esta vez estoy escribiendo una entrada en un blog que nadie lee, una jaula Faraday para el electromagnetismo de mis palabras.

Y los juegos no tienen nada de malo, no me mal interpretes, me hacen pasar el tiempo de una manera divertida, a veces didáctica, casi todo el tiempo intrascendente, cual partido de fútbol o serie de televisión. Se está convirtiendo poco a poco en el calmante de las masas, la religión que nos responde a las preguntas que nos atormentan, o el libro que nos evade de los problemas diarios del mundo y de uno mismo. Pero también une personas afines a ciertos devaneos que de otra manera no se conocerían.

No, no voy a hacer una disertación magistral del efecto de los videojuegos en la sociedad actual o en futuras generaciones. Se trata de algo más personal, algo que le ha venido pasando al ser humano desde que tenemos el poder del raciocinio, los sentimientos de grupo o la capacidad de soñar despiertos. Los científicos no se ponen de acuerdo en el momento exacto en el que nuestros ancestros biológicos pueden considerarse humanos, si pudiera hacerles un perfil psicológico a cada uno de ellos, inteligencia, sociabilidad e ilusión de futuro, serían mis primeras pistas; no podríamos considerar sólo inteligencia porque probablemente nos podríamos pasar días, semanas, o meses sin cruzarnos con un humano en ciertos lugares del mundo actualmente, muy cerca, mucho.

Sin embargo esas características puede que hayan ido cambiando un poco, o incluso que algunos de nosotros no las sintamos de la misma manera. No todos somos igual de inteligentes, ni sobresalimos en los mismos tipos de inteligencia. La inteligencia siendo una de las mayores incógnitas del ser humano, qué podemos decir de la sociabilidad y los sueños. En aquellas primeras razas de hombre, lo más probable es que utilizaran sus habilidades sociales y de previsión del futuro como herramientas de supervivencia. "La unión hace la fuerza", sería la frase que resume el porqué nos unimos unos a otros en una primera instancia. Ser capaces de sobrevivir con facilidad, nos permitió ver un futuro más allá de la próxima (y última) cena.

Estos sencillos conceptos, estoy seguro, de que han ido evolucionando con el resto de nuestras aptitudes. Francamente, cuanto más nos alejamos de los instintos primordiales, más difícil nos resulta identificarnos con el animal que llevamos dentro, razón en parte por la que las religiones creacionistas tienen tanto éxito, o han tenido en el pasado; y más difícil nos resulta encontrarnos en paz con el mundo que nos rodea, cosa que también ha sido parte del éxito de la religión, un caso paradigmático sería el del Budismo, que incluso lo considera el centro alrededor del cual gira toda su filosofía - Make me one with everything - dijo el Lama en una pizzería.

Sería mucho más fácil nuestra vida como animales, instintos sencillos, significaría un cierto grado de programabilidad y predeterminación que a los ojos de un humano suenan a la película The Matrix. Y como en la película, ningún humano llegaría a ser totalmente feliz ni con esas, siempre buscando algo más, siempre descontento, nunca satisfecho, siempre buscando lo que hay detrás de la pastilla azul (¿o era la roja?), abriendo el telón, pasando de un escenario a otro y actuando el papel que toque en cada uno hasta que nada que diga o lea en el guión tenga sentido, hasta que la obra acabe. Y cuando acaba, si ya eres mayor, ya no tienes fuerzas para correr más telones, ni aprenderte otro papel, ya no quieres vivir tu vida, solo observar cómo la viven los que te rodean, (o los que construyen edificios detrás de la valla) entonces te dejas llevar, hasta que te lleva la muerte.

Y a qué viene todo esto, pues a la naturaleza odiosa del ser humano que nos envuelve a todos sin excepción aunque algunos lo lleven mejor que otros. Yo, no lo llevo bien, me limita mucho saber que no sé qué quiero ni cómo lo quiero, ni cuándo lo quiero. Me limita saber que no se nada - como ya dijo Platón, es imposible saber nada con certeza. Pero me limita, qué menos que tener unos principios básicos, no quiero definir mi vida al detalle, pero si los principios por los que riges tus decisiones se ven en ruinas, resquebrajándose como una galleta al horno bajo el fuego de la vida, ¿qué haces? Pues, lo primero es una absoluta congelación. Un vacío infinito sin movimiento ni energía, un dejarse llevar, hasta que te lleve la muerte.

Y así concluyo con mis inclinaciones suicidas de hoy. Espero que os hayan gustado y si tengo que dejar una nota positiva, os dejaría con esta: "ser feliz es imposible, sé tú mismo".