miércoles, 15 de julio de 2009

la golondrina

Una noche más, entre las dos y las tres, mi mente se evade y vuela cual golondrina en la mañana, atravesando mundos de fantasía e ilusión, revoloteando entre los muros que la protegen y la dan cobijo. A veces me pregunto cómo se siente ese pequeño ser alado, esbelto y diestro en el arte del sustento ingrávido, capaz de esquivar y maniobrar a gran celeridad sin apenas inmutarse. Planeando, girando, frenando en seco en el nido bajo una cornisa, diminuto y casi indistinguible del resto. La golondrina se escapa de las manos del cazador porque es pequeña y ágil surcando los cielos, dando envidia a las nubes, amenazando con no volver a pisar tierra firme. La golondrina es poderosa desde las alturas, pero débil y torpe en la superficie, fácil de atrapar, da pasos muy cortos incapaz de coger velocidad suficiente para desplegar semejantes alas, desmesuradamente grandes para el pequeño cuerpo de huesos huecos y músculos de filamentos finos de fibra. Una pequeña cabeza con un pico proporcionado le da un toque de distinción y belleza, despierta en el observador la sensación de estar viendo una máquina perfectamente aerodinámica adaptada a través de miles de generaciones para la supervivencia. Pero si algo distingue a la golondrina del resto, es su cántico matinal, es el sonido del pueblo donde crecieron nuestros padres, donde viven nuestros abuelos, es mágico, envolvente, y sobretodo, embriagador.

Yo tuve una golondrina. La encontré sin buscarla, me aceptó sin palabras y la adopté celosamente. Me sorprendió verla caminando a mi lado, sin cantar ni volar, ni siquiera intentarlo. Nunca sabré hasta qué punto hirieron a mi golondrina, tampoco me interesé en preguntárselo demasiado. Tal vez fue su mirada, sus andares, su pico de loro con lengua de serpiente, me hipnotizó por completo sin darme cuenta, quizá las ganas de verla volar me hacían no querer despegarme de ella. Tal vez las ganas de oírla cantar me hacían desear que fuera una golondrina totalmente feliz. La acogí en mi regazo y le di todo lo que pensé que necesitaba. Pronto los mimos dieron sus frutos y la pequeña criatura voladora empezó a piar tan alegre que se me inundó el corazón de dicha bombeando litros de sangre caliente que no hacían más que despertar todas las partes de mi cuerpo creando una sensación de bienestar adictiva que nunca antes había experimentado. Incluso de vez en cuando aleteaba a pocos centímetros del suelo. Yo le tenía un nido cómodo, caliente y placentero, y ella, mi golondrina, no podía ser más feliz, no se alejaba mucho de mí y siempre cantaba y aleteaba fortaleciendo sus alas a la vez que su felicidad. Poco a poco fue haciendo vuelos más altos y largos y cuánto más lejanos eran más deseaba volver a volar. Una cierta pesadumbre se apoderaba de los cánticos eventualmente, aunque pronto volvía a su melodía habitual. Sin embargo, los vuelos cada vez eran más frecuentes y las melodías más oscuras. Las nubes reclamaban su presencia en los cielos y la bandada su aportación a la orquesta matinal. Aún tengo su nido preparado para cuando vuelva, caliente y confortable, pero si no le gusta, cuando vuelva podemos hacer uno nuevo, entre los dos, para que pueda ser feliz tanto en el nido como en los cielos y allá donde quiera ir.

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