La cama de al lado está perfectamente hecha, a veces ocupada y otras no, pero siempre como testigo de que algún día la mía también será ocupada por otro paciente, otro recluso.
No siento los dedos de los pies y creo que he perdido la sensibilidad en la piel, a duras penas consigo mover los dedos de las manos para escribir a los medicos o para entretenerme. Por suerte, los puedo usar para comunicarme, porque hasta no hace mucho, lo único que podía comunicar era sí o no, con un leve y voluntario movimiento de mis párpados.
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