martes, 13 de mayo de 2008

Lágrimas de felicidad (Capítulo 7)

Una vieja amiga del trabajo vino ayer a verme, me intentó animar con chismorreos de la empresa, que si juanito se ha liado con menganita, que si a pepe le descubrieron con un porro en la oficina... No se da cuenta de que esa vida ya no me interesa. Me preguntó que si podía tocarme, que si sentía algo, al decirla que no, ella insistió y aún así me tocó, me acarició todo el cuerpo, incluidas mis partes más íntimas. En verdad, ¡cuánto habría dado por sentir algo en ese momento! Pero no hizo mas que sumirme en un profundo pesar, un profundo abismo que no hacía más que empezar a engullirme. A penas me daba cuenta de lo que me había pasado, no podía imaginarme el alcance de mi situación, y hasta ese momento incluso pensaba que podría seguir manteniendo relaciones sexuales, porque nunca pensé que la excitación estuviera tan necesitada de los impulsos nerviosos que manda el cerebro a todas las partes del cuerpo.

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